¿Hablamos?

Me gustaría compartir una reflexión que me ha sorprendido mientras estaba trabajando sobre la comunicación en la pareja.

Es curioso analizar como las personas comunicamos nuestras necesidades a los demás, sea nuestra pareja, amigos, familia, vecinos,  jefe, compañeros de trabajo, etc.

Más curioso es, todavía, como les informamos de que necesitamos su ayuda para cubrir nuestras necesidades.

¿Cuántas veces el camino para informar a nuestra pareja de que necesitamos un abrazo ha sido largo y retorcido? ¿Alguna vez te ha pasado que un aislamiento por tu parte en realidad era una petición de una conversación?

La comunicación en la pareja y con otras personas siempre es mejor que sea clara y directa, pero en ocasiones, no somos capaces de reconocer lo que necesitamos. Justo en esos momentos, para esas ocasiones; os animo a que despleguéis vuestra mejor imaginación, a que realicéis un ejercicio de empatía y que con un abrazo y una actitud amable, le preguntéis a vuestra pareja qué necesita.

Sé que es difícil, sé que ante manifestaciones de ira o de desconexión de nuestra pareja lo más fácil es que reaccionemos de la misma manera… Pero es bien cierto, que justo en esos momentos, es cuando se hace necesario un acto de comprensión que transcienda la incapacidad para comunicarse de la pareja y que te ayude a identificar lo que tu pareja te está pidiendo. ¿Acaso no lo podríamos llamar amor?

Lejos de confundirlo con sumisión o con la asunción de una responsabilidad que no debes asumir; me gustaría que lo entendieras como la ejecución de una estrategia que permitirá reequilibrar de nuevo a tu pareja y a la pareja.

Cuando uno de los miembros de la pareja está emocionalmente alterado, sus capacidades cognitivas se ven relegadas a un segundo plano. Todas nuestras funciones superiores se ven afectadas de una u otra manera. Perdemos la creatividad, nuestra capacidad para comunicarnos se torna tosca, somos incapaces de pensar sin distorsionar su contenido, la percepción se torna selectiva, etc.

Justo en ese momento, la parte de la pareja que todavía guarda perspectiva y capacidad de análisis, puede ejercer el papel de facilitador del retorno al equilibrio…

¿Qué te está pidiendo tu pareja? ¿Más cariño? ¿Más atención? ¿Más independencia? ¿Un  espacio sin niños?

¿Habláis? ¿Hablamos?

¿Evitas el amor?

Determinadas personas evitan el amor y otras clases de muestra de afecto y cariño. ¿Por qué ocurre? ¿Por qué muestran dificultades o incapacidad para manifestar amor? ¿Por qué no pueden establecer relaciones íntimas?

He visto a personas que no pueden confiar en los demás. Algunas de ellas tuvieron una relación complicada de la que concluyeron que no valía la penar correr ese riesgo, que no podían confiar en nadie, que estaban mejor solos… Su experiencia negativa ha condicionado su concepto de las relaciones de pareja.

Estas personas necesitan reaprender a relacionarse. Redefinir su concepto del amor, de la confianza y de la intimidad. Posiblemente tuvieron una mala experiencia, pero lo que es peor, la gestión que hicieron de la misma fue peor.

Ante una emoción negativa intensa como puede ser el primer amor o una relación apasionada con un desenlace fatal; nuestra mente reacciona en forma de protección sobre generalizando el origen del peligro y limitando todas las probabilidades de repetir la experiencia dolorosa.

De esta manera establezco conclusiones erróneas basadas en mecanismos de pensamiento distorsionados por un elevado impacto emocional. El proceso más habitual que he podido observar es el de la generalización indiscriminada. Cuando asocias las palabras siempre, todos, nunca o nadie a tu discurso sobre el amor, posiblemente estés generalizando a partir de una experiencia.

El hilo rojo que nos une

Una antigua leyenda Japonesa nos cuenta que las almas que están predestinadas a unirse en la tierra están unidas por un hilo rojo invisible… Psicología positiva, coaching, amor y relaciones de pareja

Adictos al afecto

Comparto un fragmento del artículo «adictos al afecto» publicado en La Vanguardia, en el cual he colaborado.

Adictos al afecto

Amar no es sinónimo de sufrir. Aun siendo una afirmación obvia, hace falta recordarlo de vez en cuando. La búsqueda del amor es una de las necesidades básicas del ser humano; el afecto nos convierte en seres fuertes, pero si al alcanzarlo nos entregamos en exceso y no acertamos a delimitar los sentimientos, la pasión se puede convertir en veneno. “No puedo vivir sin ti”, “vivo por y para ti”, “sin ti no soy nada”… son frases que encierran mucho más que amor. Son un claro síntoma de que el deseo se ha convertido en necesidad, y amar en un tormento. Los dependientes emocionales albergan una gran carencia afectiva y por ello se anulan a sí mismos y, aun siendo conscientes de su infelicidad, se entregan completamente a relaciones de pareja destructivas. Es como si estuvieran enganchados al amor, como si fueran adictos al afecto.

“La inseguridad, la culpabilidad o la percepción de que el origen de su conducta y comportamiento es externo a la propia persona, pueden hacer que sienta la necesidad de protección, ayuda y dependencia de otra persona”, apunta Navarro. Explica, además, que suelen tener pocas competencias emocionales, que tienen dificultades para expresar y regular sus sentimientos de manera apropiada, y les cuesta comprender las emociones propias y las de los demás. Todo ello propicia, inevitablemente, el establecimiento de un papel de sumisión en las relaciones. El proceso de subordinación se convierte en un círculo vicioso: la dependencia emocional provoca relaciones de pareja desequilibradas en las que se sufre mucho, y eso hace que el autoestima del dependiente se vaya minando, pero aunque se estén consumiendo prefieren ese tipo de relación a quedarse solos.

Es posible plantearse que la pareja también puede tener parte de culpa. Sin embargo, Navarro subraya que no se trata de buscar culpables, sino de identificar qué papel desempeña uno mismo en su dependencia. “El dependiente, en cierto modo, hace sentir bien al protector, a la pareja. Siente que le cuida, que es importante para ella, que sin ella no sería nada… En definitiva, alimenta su ego”. Con lo cual, normalmente el origen de la relación tóxica no suele estar en la pareja, es más, al dependiente le suele interesar un tipo de persona a su medida para que encaje en una relación de carácter dependiente. “Suele buscar relaciones protectoras. Acostumbran a elegir una pareja más mayor, más madura, con una personalidad fuerte, que les de seguridad y tranquilidad”.

Pero por mucho que adopten un papel de sumisión, las personas dependientes suelen manejar a su antojo a la pareja, ya que recurren a menudo al chantaje emocional. “Es su única herramienta. Necesitan sentirse protegidos, y es el instrumento de manipulación que tienen más a mano. De hecho, los niños también lo hacen nada más nacer, juegan con las emociones. Cuando nuestro bebé requiere atención nos hace reír para que le cuidemos y estemos encima de él. Cuando una persona va creciendo puede adoptar estrategias más elaboradas, como hacerse la víctima o hacerse el desamparado”, afirma Navarro. El problema es que estas conductas son dañinas, y nunca fomentan una relación en base al respeto, a los valores sanos. Normalmente utilizan estas técnicas de manipulación con su pareja, pero también lo pueden hacer con su gente cercana, puesto que la dependencia emocional no surge exclusivamente en el seno de una relación amorosa. Se da con menos frecuencia, pero hay relaciones entre amigos, e incluso entre padres e hijos que se convierten en destructivas. “Hay muchos casos de madres y padres que generan dependencia emocional en sus hijos”, asegura Navarro. “¿La razón? Resulta que uno se siente bien si su hijo depende de él. Se siente madre, o padre, un protector en definitiva, y resulta un papel interesante. No obstante, en realidad lo único que consigue es quitar autonomía al hijo”.

Continuar leyendo «Adictos al afecto»